Dr. Miguel Aizpún Ponzán

Dra. Eva Fernández Vilariño

Dra. Patricia García Morrás

Saber envejecer

Saber envejecer es una de las asignaturas más importantes de la carrera de la vida. De aprobarla o no, depende la felicidad de un tercio (tal vez, más) de nuestra existencia.

El gran teórico italiano del Derecho y la Política, Norberto Bobbio, fallecido a los 94 años, aconsejaba ingresar en la vejez con el convencimiento de que la vida ha sido generosa y que nos ha reportado muchos éxitos y buenos momentos, más por buena suerte que por nuestros méritos. En esa dinámica se debe seguir confiando, porque el último tramo de la vida también guarda bastantes sorpresas positivas.

El tiempo pasa. Pero no pasa igual para todo el mundo, ni tampoco sus efectos son los mismos. Con el paso de los años, un buen vino se hace gran reserva y un mal vino empeora hasta el vinagre.

Todos conocemos, seguramente, alguna o varias personas que, a pesar de su juventud, nos parecen viejos, por sus reacciones, sus comportamientos o su particular visión de la vida. Y, en cambio, hombres y mujeres de edad avanzada nos sorprenden gratamente en sentido contrario.

Salvo algún que otro lunático que no merece ser tomado en consideración, todos coincidimos en aceptar que, desde que el hombre nace, está orientado hacia la muerte. En un desarrollo normal, ese camino atraviesa países muy distintos, pero de fronteras muy borrosas que, frecuentemente, confunden a una parte de su población. La niñez es el país de los sueños. El país de la juventud es el de la vitalidad y su atmósfera está hecha de grandes ideas y proyectos. El país adulto es el del equilibrio entre la fuerza y la experiencia de sus habitantes: por eso es conocido también como la tierra de la plenitud. Finalmente el país de la vejez, como fronterizo a la nación oscura de la muerte, tiende a los cielos nublados y a tormentas de nieve y granizo (algunos las llaman achaques, depresión o desvalimiento) que obligan a sus habitantes a ponerse frecuentemente a cubierto, si no quieren perecer, bien por un impacto especialmente agresivo o de una lenta, pero pertinaz descarga que acaba sepultándolos.

La vejez es también un país lleno de contrastes. En primer lugar, porque, mientras una buena parte de quienes habitan este territorio reniegan de él, quienes no han llegado todavía a sus confines desean hacerlo. Como advirtió Marco Tulio Cicerón, hace ya 2000 años, la vejez puede ser mala, pero no llegar a ella es mucho peor, ya que equivale a la muerte en edad más o menos temprana. Y todos aspiran a disfrutar de una vida lo más larga posible. En segundo lugar, porque el país alberga una gran diversidad de regiones, que son más o menos confortables en función de lo que sus pobladores hayan traído de los países por los que han pasado antes. Para quienes llegan con las manos vacías desde la niñez, la juventud y la madurez, la vejez les resulta verdaderamente insoportable.

El propio concepto y la percepción de la vejez también han experimentado grandes transformaciones. El notable aumento de la esperanza de vida hace que se ingrese en esta etapa de la vida mucho más tarde. Además, la mejor calidad de vida motiva que la mayoría llegue a la tercera edad en condiciones más favorables. Personas de edad avanzada realizan hoy tareas y protagonizan acontecimientos e ilusiones impensables hace unos años. Ocupan el tiempo de forma muy variada, cuidan su aspecto físico e, incluso, tratan de alcanzar metas a, las que no pudieron llegar en etapas anteriores. Ya no nos sorprendemos al enterarnos, a través de este o aquel medio de comunicación social, que alguien ha acabado una carrera e, incluso, el doctorado con sesenta o más años. O que, con esa edad, se practican deportes de alto riesgo, como el parapente, con los que, hasta hace poco, no se atrevían muchos jóvenes.

Hoy, las personas mayores viven una situación muy diferente y, por supuesto, muchísimo mejor. Mejor dicho, tienen en sus manos la posibilidad real de frenar en gran medida del deterioro propio del envejecimiento y disfrutar de esta etapa de la vida.

 

Miguel Aizpún

Publicado en La Rioja el 6 de Junio de 2017